Final I — El primer paso
Mateo levantó el pie derecho. Lo puso en el pasillo. El piso de madera crujió debajo de su peso —ese mismo crujido, pequeño y real— y él se quedó ahí un momento, con un pie dentro y un pie fuera, en ese punto exacto donde el cuarto termina y empieza todo lo demás.
No pasó nada terrible. El techo no se cayó. Sus piernas no fallaron. El pasillo no desapareció.
Dio el segundo paso. Y el tercero. Y cuando llegó a la otra puerta y la abrió, la calle entró de golpe: frío, ruido, el olor específico de una mañana que no había olido en mucho tiempo.
Afuera, en el cable, el pájaro estaba ahí. Mateo lo vio por primera vez desde cerca. Era más pequeño de lo que imaginaba.
Era suficiente.