Final II — El umbral
Mateo no cruzó. No ese día.
Se quedó parado en el umbral durante todo el tiempo que necesitó, mirando el pasillo con sus paredes y su bombilla y su puerta al fondo, y luego dio un paso atrás y cerró la puerta de nuevo con cuidado, con delicadeza, como quien cierra algo que quiere volver a abrir.
Fue a la silla. Se sentó en el centro del cuarto.
Pero esta vez lo que había en el pecho no era el peso de siempre. Era otra cosa. Más ligera. La diferencia entre quedarse porque no puedes irte y quedarse sabiendo que puedes, que la puerta abre, que el pasillo existe, que cuando estés listo el mundo va a seguir ahí.
Tomó el libro sin avanzar. Pasó a la página siguiente.
Era un comienzo.